Siempre miré con curiosidad a las chicas que se cortaban el pelo bien cortito, al ras, rapado. Me llamaban la atención, pero lejos de parecerme feo, me parecían hermosas, con la cara limpia, relucientes. Me acuerdo la cantante de Aterciopelados en el Unplugged de Soda. O Sinéad O`Connor! "N oo t h i i in n g co m p a aa r es to y o o u u". ¡Qué linda!
Bueno, el tema es que me empezó a atraer la idea. Ya se me había ocurrido un par de veces, en ataques de frustración, cortarme todo el pelo violentamente, como si raparme fuera una forma de cortar mis ideas de raíz, arrancar todo lo que no me gusta o gustó, y empezar de cero. Suelo arado, semillas nuevas. Pero nunca lo hice, por atajos de cordura, hasta corralitos de cordura. Pero, ¿por qué hacerlo así, como una locura? Mejor hacerlo como un ataque de lucidez, de liberación, de alegría! Con sol, playa, y tranquilidad. Mucha, mucha tranquilidad. Así que decidí hacerlo. Pero, (y acá toda la liberación se va a la mierda), ¿puedo venir a la guardia de Terapia Intensiva con la cabeza pelada?
Me voy un mes de vacaciones a Brasil. ¿Qué mejor que raparme antes, así cuando vuelvo ya no parezco una paciente neoplásica? Yo no pensaría eso, no no no. Pero así piensan muchos. Como por ejemplo el coordinador de Terapia, Gustavo. Residente de último año, simpaticón, mujeriego y machista. De humor admirable, altamente eficiente. Crítico elocuente, rozando la brillantez. Le decía yo hoy a Lucía, la kinesióloga: "Me voy a rapar". Se lo dije a ella porque la sé una persona capaz de valorar un acto así de desprejuiciado. Obviamente lo dije suficientemente alto como para avivar la frontera de los nervios de Gustavo. Je. El estaba muy concentado escribiendo una epicrisis en la computadora de médicos. Pero su fervor beligerante fue más fuerte que su ferviente concentración, como yo astutamente lo predije. Y suspendiendo toda tarea y movimiento, rotó en seco en la silla giratoria y acusó: "Pará, pará, pará... QUE?". Yo lo miré, con una sonrisa de triunfo y actuando falsa sorpresa. "Me voy a rapar". Lo que sigue en la conversación está lejos de ser interesante, pero lo que sí considero a destacar, es la estupidez de ese prejuicio. ¿Una mujer no puede raparse sin ser puesta bajo sospecha? Miles de elucubraciones ácidas giraban divertidas en mi cerebro mientras recibía gastadas, del coordinador, ahora sumado al Jefe de Terapia, al cual había adopatado como cómplice, tras chismosearle la polémica cual comidilla de paloma sensacionalista. Yo escuchaba chistes fáciles que rayaban la oliofrenia, divirtiéndome al corroborar mis hipótesis de prejuicios machistas básicos. "Un antipsicóticooo por favor", reían como nenes, y alegaban insinuaciones de mi futuro parecido con una paciente que estaba ingresando con Cáncer de Endometrio terminal, y años de quimioterapia arriba de la cabeza. Comentaban con falsa seriedad: "El ingreso está pelada, no sabemos si por que le gusta o porque tiene cancer", bla bla. Me río y me divierto de poner éstas cuestiones polémicas básicas y altamente simples, en la mesa diaria. ¡Hay que comer polémica! La polémica genera cuestionamientos, los cuestionamientos preguntas, y las preguntas ideas y nuevas respuestas.
Así que, mujer, a vos te digo, rapáte, y desparramá la polémica de tu pelo con cada paso, aunque eso signifique, tirarlo a la basura!
¿Por el pelo de hoy, cuánto gastaste?

